La Iglesia es misionera

Nuestra Iglesia Católica celebra en todo el mundo el Domund, es decir, el Domingo Mundial de las Misiones. Esta celebración se realiza anualmente en el tercer domingo del mes de octubre. En este año del Señor 2008, corresponde al día 19 del presente mes. Se trata de que todos los bautizados tomemos conciencia de que la Iglesia es esencialmente misionera, como dijo el papa Benedicto XVI en Aparecida, Brasil: «Discipulado y Misión son las dos caras de una misma medalla». Por eso, todos los miembros de nuestra Iglesia, laicos, consagrados y sacerdotes, sin excepción, estamos llamados a la santidad y a la misión. Al unísono con el Documento de Aparecida, hoy decimos que todos los creyentes en Cristo somos discípulos misioneros.

En este sentido, aparece muy clara la oración colecta de la misa de este domingo, que está tomada del formulario de las celebraciones por la Evangelización de los pueblos y que dice así: «Señor Dios nuestro, que has querido que tu Iglesia sea sacramento de salvación para todos los hombres, a fin de que la obra redentora de tu Hijo perdure hasta el fin de los tiempos, haz que tus fieles caigan en la cuenta de que están llamados a trabajar por la salvación de los demás, para que todos los pueblos de la tierra formen una sola familia y surja una humanidad nueva en Cristo, nuestro Señor».

El evangelio propio de este domingo corresponde al capítulo 28, versículos 16 al 20, de san Mateo: «Los once discípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver a Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban. Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: ‘Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo’».

Los once discípulos -ya sin Judas Iscariote, el traidor, que se había ahorcado- se dirigieron a Galilea obedeciendo la orden de Jesús dada a través del ángel a las mujeres que lo contemplaron resucitado: «Vayan enseguida a decir a sus discípulos: ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea; allí le verán» (Mt 28, 7). Galilea, la región donde «brilló una gran luz», según expresa Mateo (4, 15-16, citando a Isaías 8, 23-9,1), cuando Jesús comenzó su predicación, es ahora el lugar donde la Iglesia comienza su misión de evangelizar a todas las naciones. Esta localización geográfica señala la continuidad entre el Jesús terreno y el Jesús resucitado. Los apóstoles se postraron en adoración ante Jesús, aunque todavía algunos dudaban pues no tenían la absoluta certeza que posteriormente les daría el Espíritu Santo.

Jesús manifiesta que Dios Padre le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra y por eso expresa claramente su mandato: «Vayan y enseñen a todas las naciones, bautizándolas y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado». La misión de los enviados o apóstoles consiste, ante todo, en hacer discípulos. Para Mateo adherirse a Cristo y ser discípulo es una misma realidad. La condición de discípulos no es patrimonio exclusivo de los que siguieron al Jesús terreno sino que es la condición en que se encuentran todos los que escuchan la palabra de Jesús y la ponen en práctica (cf Mt 7, 24).

El sello que manifiesta la aceptación de ser discípulo es el Bautismo. Este sacramento implica una preparación previa y una catequesis posterior explicativa o mistagógica. En ese
tenor se entienden las palabras: «Enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado». Finalmente, Jesús les hace una maravillosa promesa: «Sepan que yo estaré con ustedes
todos los días hasta el fin del mundo»
. De esta manera, tenemos la absoluta certeza de que Jesús resucitado ciertamente está a la derecha del Padre, pero siempre permanecerá con su Iglesia ya que es el Emmanuel, es decir, el Dios con nosotros.

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