La misión cristiana siempre empezó plantando una cruz

Al iniciar el segundo año de preparación al Centenario recordábamos la necesidad que sentimos de volver a los dos signos característicos de nuestra primera evangelización: la Cruz de los Milagros –llamada Cruz fundacional de Corrientes– y la Limpia Concepción de Itatí. Decíamos entonces que debíamos volver a ellos con creatividad, con mirada evangélica y eclesial, para extraer de ellos toda la fuerza que precisamos para la misión.

Al clausurar este IV Encuentro Arquidiocesano de Educadores Católicos, quisiera detenerme brevemente sobre el primer signo: la Santísima Cruz de los Milagros, signo bajo el cual fueron educadas las generaciones correntinas que nos precedieron. Empecemos recordando lo que sabemos por la fe: la Cruz de Jesucristo es la señal por la cual fuimos redimidos del pecado y de la muerte, y reconducidos a la amistad con Dios. En otras palabras, el signo de la Cruz de Jesús se nos revela como camino, verdad y vida. Es verdadero signo de encuentro entre los seres humanos y proyecto para una vida digna y plena para todos.

Pero convengamos que no es fácil comprenderla. Sin embargo, algunas situaciones humanas pueden favorecer su inteligencia. En el ambiente educativo nos resultan familiares expresiones como prueba, examen o evaluación. ¿Qué padre o educador no se alegra cuando el joven, después de haber realizado un importante esfuerzo, sale airoso de la prueba? Es cierto, sufre con él durante la prueba, pero si lo quiere bien, no le ahorra ni el esfuerzo ni disminuye la exigencia. El secreto está en aquello: “si lo quiere bien”. Jesús, al invitarnos a la prueba de la cruz nos asegura que él estará con nosotros hasta el fin del mundo: querer bien es, entonces, estar con, compartir, acompañar; pero es también, orientar, indicar la meta, requerir, probar. La verdadera contención se construye con cercanía humana, confianza y con una alta cuota de sacrificio compartido.

La prueba es una bendición. En realidad, sólo el hecho de pasar por la prueba permite verificar si la persona sabe, si es capaz, y si posee condiciones. Cuanto más difícil es la prueba, mayor esfuerzo y sacrificio exige al que se enfrenta a ella. Bendita prueba que nos capacita, que desarrolla potencialidades y consolida valores. ¿Por qué, entonces, los educadores, sean padres o docentes, exigen cada vez menos? ¿Por qué los indicadores que miden los niveles de rendimiento escolar muestran una curva descendente? Sin embargo, todo el mundo sabe que la persona que faltó a la prueba no es confiable en aquello que debía ser probada y, en consecuencia, todavía no se le puede encomendar una misión.

Los educadores católicos necesitamos, a ejemplo de los primeros misioneros, volver a plantar la cruz y educar a partir del misterio cristiano que ella significa: el amor cristiano es donación completa de sí a los demás. La Cruz de Jesús es la nota que se pide al que quiere ser discípulo suyo. Éste debe ser probado constantemente a la luz de la Cruz del Redentor. Él pone el nivel que debe tener la valla del amor cristiano, no el discípulo. A éste le corresponde saltarla. La escuela cristiana tiene que educarlo para saltar esa valla.

La misión cristiana siempre empezó plantando una cruz. Para entender esta misión, es preciso saber leer ese signo. No alcanza una mera lectura histórica de los hechos. Leer el signo de la cruz es saber interpretar el acontecimiento que se hace presente en ese signo, y desde allí iluminar la realidad. Por eso, la Iglesia se alegra con sus mártires: ellos fueron probados en su fe hasta dar su vida. Nadie se alegra en la cruz por ella misma o busca el sacrificio por el sufrimiento que proporciona. Nos alegramos en esa señal porque nos revela el amor hasta el extremo y se convierte en un signo de profunda humanidad.

Por eso, Jesús muerto en la cruz y resucitado por Dios, envía a sus discípulos a la misión. Esa misión consiste, como lo escuchamos en el evangelio, en el mandato de Jesús que dijo a los suyos: “vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Este “nombre” lo representamos con la señal de la cruz. Esta señal es la clave para entrar en el misterio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Para vivir en unión con Dios, participar de su intimidad, ser discípulo de Jesús es necesario dejarse marcar con la señal de la cruz. Ésta es la señal de la vida verdadera, del amor que vence la muerte, y de la esperanza para construir el Reino de Dios, la familia de Dios, en la que nadie quede excluido.

La cruz es la prueba de que Dios nos ama y que la fidelidad de su amor por nosotros fue sellado para siempre. Entonces la clave para comprender de qué amor se trata, hay que buscarlo en el maravilloso misterio de este signo que nos revela el amor entregado hasta el fin. El cristiano, marcado por esta señal, es el discípulo que se deja educar, es decir, el que se deja conducir por el camino de la cruz hacia el encuentro con Dios y con los hermanos. En otras palabras, los discípulos y discípulas son elegidos para dejarse probar por Dios en el amor hasta el extremo y enviados a ser misioneros de ese amor. En esta misión no están solos porque Jesús les aseguró: “yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

La memoria viva y creyente del pueblo correntino conservó la señal de la cruz como signo de su tiempo fundacional. Este pueblo se construyó en torno al misterio de la Cruz de Jesús. En realidad, todo encuentro humano es auténtico si está construido sobre la gratuidad del don de sí mismo a Dios y los demás. También un pueblo. Precisamente ese misterio de gratuidad y donación hasta el extremo, que representa la Santísima Cruz de los Milagros, dejó profundamente fascinados a quienes estaban dispuestos a resolver el conflicto recurriendo a la eliminación del contrario y no a su encuentro y a su integración. Si se hubiesen dejado llevar por los cálculos, probablemente hoy no existiría este pueblo con su inmensa riqueza de valores, bella síntesis del espíritu guaraní y alma hispánica.

Hoy necesitamos recuperar toda la fuerza y audacia que contiene la Cruz de los Milagros, como señal suprema y definitiva de vida y de amor de Dios por nosotros, para que nosotros por él, con él y en él, seamos misioneros de ese Amor. Esta señal coloca la nota distintiva por la que se prueba la consistencia y autenticidad de nuestra vida y testimonio cristianos. A nosotros, educadores católicos, nos corresponde traducir el misterio de esa Santísima Cruz, en proyecto educativo, donde el amor hasta el extremo, que nos contiene como discípulos y misioneros suyos, se traduzca en conductas de amistad madura en la prueba, de sacrificio compartido y de exigencia no negociada en el aprendizaje, para que nuestro educando sea un misionero confiable porque fue probado, viva convencido y alegre de su fe porque la hizo suya por la experiencia, y un ciudadano responsable porque aprendió a compartir todo lo que es y lo que tiene.

María, tiernísima Madre de Dios y de los hombres, probada también hasta el extremo y hallada digna, acompañe nuestra misión educativa. Cuide a quienes la providencia de Dios coloca a nuestro lado para educarlos en el amor, hacerlos capaces de construir una Patria para todos, y caminar juntos, peregrinos en esperanza, hacia la Patria del Cielo.

Compartir