Alimentarnos de la Palabra para ser «servidores de la Palabra» en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio. Ha pasado ya, incluso en los Países de antigua evangelización, la situación de una «sociedad cristiana», la cual, aún con las múltiples debilidades humanas, se basaba explícitamente en los valores evangélicos. Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. He repetido muchas veces en estos años la «llamada» a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16).

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Podríamos preguntarnos ¿Cómo hizo San Juan Bautista su anuncio: 'He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo'? (Jn.1,29)

No creo que haya sido en un tono triste en anuncio de su Buena Nueva.

Por años estuvo en el desierto proclamando con todas las fuerzas la penitencia y la conversión (Lc3,3). Lo cual significa que cuando acudían a él de Jerusalén de toda Judea y toda la región de Jordán (Mt.3,5), Juan se encontró cara a cara con todas las debilidades más profundas de la humanidad, con todo el dominante poder de las pasiones humanas, todas las ramificaciones del egoísmo y todos los pecados del hombre.

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