En el marco de esta segunda etapa del Sínodo de los obispos, celebrándose en la Ciudad del Vaticano, Roma. Quiero aprovechar para hacer una motivación a todos los hermanos, en particular a los jóvenes, a estar con el corazón entusiasmado por la comunión y la unidad que brilla en este acto impulsado por el Espíritu Santo. ¡Sostengamos este Sínodo con nuestra constante e incansable oración!

Antes que nada, me parece propicio hacer una aclaración obvia y fugaz, con respecto al concepto de juventud. Recordar o retomar la transparencia en una acepción de esta palabra nos ayudaría como partida en estas líneas.

La Juventud (Iuventus), designa en uno de sus significados, una etapa de la vida que comprende a su vez tres períodos diferenciados dentro de ella. Estas son: la Pubertad (11 a 16 años), la Adolescencia (16 a 19 años) y la Juventud propiamente dicha (19 a 25 años). (O.M.S)

Si bien estos períodos aparecen estáticos e inmóviles, son justamente dinámicos y se manifiestan así mismos bajo ciertas características físicas, espirituales y psicológicas, individuales y sociales, que permiten identificar, a través de una óptica integral, el momento cursante de nuestros hermanos, los jóvenes.

Esta por sentado decir que un hermanito púber, no tiene la misma madurez integral (físico-psico-social y espiritual) que el adolescente o el joven para tratar ciertos temas o para comportarse de determinada forma, y que a su vez, su opinión va diferir en diámetros notables, en comparación a la de los otros. Esto se debe a su falta de experiencia, criterios y conocimiento de la vida en general. Pero a la vez, desde su momento, su estado, su contexto y realidad de púber, puede iluminarnos con su opinión, que marca una época bastante vibrante por multifactores que son afines a las circunstancias de su vida.

A todo esto, podemos hacer el mismo planteo con los adolescentes y los jóvenes.

Estos últimos son a quienes en este Sínodo se intenta escuchar de modo particular, promoviendo para ellos un lugar como protagonistas, junto a Nuestro Señor Jesús, y la Iglesia.

Es necesario que entendamos, que el Sínodo, por su virtud, no excluye a nadie, sino que más bien orienta su voz a los hermanos mayores de la juventud, quienes poseen, o al menos se espera que tengan, la madurez integral para apropiarse de lo que se busca con este gran acontecimiento.

Los jóvenes, propiamente dicho, debemos estar expectantes, con un corazón palpitante, capaz de encontrar la voz del Espíritu Santo, que habla en la comunidad eclesial.

Esta voz, siempre será en concordancia con lo que ya ella misma suscitó hasta el día de hoy. Nunca se contradice, más bien penetra hasta el fondo de nuestro ser, permitiendo el discernimiento de todo lo que acontece (Heb. 4, 12).

Es por eso, que la invitación que quiero hacerles, es justamente al Discernimiento.

Uno de los momentos de este Sínodo, es trabajar bajo la guía del Señor, para poder discernir todo lo expuesto en la primera etapa.

En ella, se presentó las distintas realidades del mundo con respecto a los jóvenes. Este paso es esencial para el discernimiento.

Este conocer la realidad, nos permite salirnos de nosotros mismos, abrirnos a los hermanos, especialmente al que más necesitado está de la Iglesia. Es esforzarnos, con la gracia de Dios, en saber a ciencia cierta, que ocurre no solo en mi corazón, sino también en mi familia, en mi comunidad, en la Iglesia, en la ciudad, en la nación, etc.

En este momento, seguramente nos encontramos con realidades que no serán gratas: hermanos que perdieron la fe, familias divididas, pastorales quebradas por rencores, indiferencias, autosuficiencia, soberbia y un sinfín de vicios contrarios al evangelio, tanto dentro como fuera de la iglesia, tanto a nivel personal como comunitario.

Este pecado disperso y multiplicado, es propiamente destructivo, y como bien lo explica el apóstol, contrae un salario de muerte (Rom. 6, 23).

¡Pero atención! no solo veremos eso, sino también, y por gracia de Dios, podremos contemplar como el trigo creció en medio de esta maleza (Mt. 13, 24 – 30). Como la levadura del Reino de Dios, leudó al punto de crecer y ser alimento para todos (Lc. 13, 20 - 21), como la semilla esparcida cayó en tierra fértil y dio frutos de distintos modos (Mt. 13, 3 - 9), como muchos encontraron la perla preciosa y vendieron todo por ella (Mt. 13, 45 – 46), e incluso se quedaron para decirle al Señor: nosotros lo hemos dejado todo por seguirte, nos hemos desgastado por amor a Vos (Mt. 19, 27).

Esta realidad ambigua, es en la que día a día, debemos ser Iglesia.

Para ello el Espíritu Santo a lo largo de la historia, inspiró desde el tiempo de los apóstoles, pasando por los padres de la Iglesia, los monjes y maestros espirituales del desierto, en los santos laicos y consagrados, y en todo el quehacer de la Iglesia, el ejercicio del discernimiento.

El Discernimiento es una invitación a un estado permanente de alerta. De no permitir que nuestros corazones estén gobernados por las caídas y las frustraciones, sino más bien, a que en medio de ellas Reine Jesucristo, Nuestro Señor. Es una invitación a no bajar los brazos, a no detenerse por pereza, por vanidades, o por proyectos efímeros de vida; es sino más bien, una invitación a descubrir que el éxito del hombre, su plenitud, está en abandonarse en los brazos de Jesús, traspasado por mí en la Cruz, Resucitado y Glorificado. El éxito real de cada uno de nosotros, es ser abrazado por el que lo dio, “realmente todo”.

Es válido, como parte de este proceso, detenerse para prestar más atención en ciertos momentos, en que por una razón “x”, hemos perdido el norte del camino. Es necesario, reconocer las faltas y pedir perdón, y hacer todo lo que Jesús nos pide, para evitar nuevamente el pecar y lastimar (1 Ped. 5, 6) (Sant. 4, 10). Esto último, es el primer fruto de un verdadero discernimiento y de un crecimiento y madurez integral por medio del aprendizaje (Lc. 15, 11 – 32).

Pero para ello, debemos tomar empuje en la oración y la comunidad, en la palabra de Dios y los sacramentos, unirnos a la fuerza de la gracia que transmite la Vida los sarmientos (Jn. 15, 4-5).

Así vamos a poder apuntalar en Dios nuestro débil corazón evangelizador, y emprender el camino sembrando nuevamente la Buena Nueva de Jesús, que llevamos como tesoro en vasijas de barros (2 Cor. 4,7).

Sabemos muy bien, que el desafío es orar para no pecar, orar para ser vigilantes, orar para recibir la gracia de Dios de serle fiel (Mt 26, 41). Pues muchas pruebas tenemos ya cada uno, de cómo marchan las cosas cuando queremos ser las estrellas.

La iglesia está haciendo esto en el Sínodo, está discerniendo, está orando y dialogando para tomar un nuevo empuje, desde dentro de la Iglesia, hacia el mundo.

Es necesario aclarar, que la doctrina revelada por el Señor, y confiada a la iglesia, “No Cambia”. Lo que se intenta, con la ayuda de Dios, es discernir como dar de una manera más acorde, más actual pastoralmente hablando, las acciones adecuadas a la realidad de esta época. Lo que en su momento la Iglesia gritó a una voz por medio de San Juan Pablo II: “Una Evangelización Nueva, en su Ardor, en sus Métodos, en su Expresión” (Discurso a los Obispos del CELAM, Haití, 09 de marzo de 1983 – N° 9 del Documento de Santo Domingo, 1992)

Miremos nuestro corazón y nuestra comunidad con discernimiento. Esta es la herramienta que el Señor nos brindó para no dejarnos cautivar por el enemigo y sus seducciones. Esta es la herramienta que nos permite ser sal y luz en el mundo (Mt. 5, 13 y 16). Ella nos hace ser cristianos. Nos moldea para “Ser Iglesia en Salida”.

Dios los bendiga y Nuestra Madre María, la Siempre Virgen, los llene de amor.-

Su hermano en Jesucristo:

 

Franco Leotta

Responsable Nacional del Área de Joven

Evangelización Dosmil - Argentina

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