En este tercer domingo de cuaresma, el Espíritu Santo nos anima a poner la tercera marcha y dirigirnos hacia adentro del corazón. El evangelio, nos confronta con nosotros mismos, sin rodeos, sin escusas, con la mayor capacidad de conciencia que tengamos y que esta no este fundada en nuestros criterios sino en los del Señor.

La conversión (en griego metanoia “μετανοῖεν”), hace referencia específicamente a un proceso que involucra una serie de acontecimientos necesarios para entenderla bien. Este camino tiene un comienzo muy común pero misterioso a la vez. Podríamos decir que existen tantos principios de conversión, como personas convertidas hay.

Esto no es un dato menor, porque justamente habla de la particularidad de los personajes reales que intervienen en este paso de inicio.

Para nuestra fe cristiana, la conversión da su partida en un acontecimiento especial, en una revelación de Dios al hombre, de un modo único y particular, de modo personal. El hombre que en cierto momento de su vida, recibe de Dios un abrazo misericordioso que le permite encontrarse con Él, con su Dios. Este generoso y amistoso gesto del Señor, quien no se deja ganar en misericordia, en fidelidad (Is 54,10), en perdón (Ef 4, 32), en sanación y ternura; golpea dulcemente de modo misterioso y crudo el corazón del hombre, vistiendo su desnudes, su fragilidad, su pecado, su enfermedad, su soledad, con todo el amor que es capaz de recibir en ese momento. Este hecho inconmensurable del encuentro personal con el Señor, es lo que da paso al desarrollo de la conversión (Col 1, 11-12).

Aquí, en esta instancia, relucen de modo especial las tres virtudes teologales (fe, esperanza y caridad). La paz, el gozo y la alegría adornan este encuentro. Al descubrir al Señor, el hombre encuentra el verdadero sentido de su existencia, pues descubre que “la verdad no es una idea sino que es una persona concreta” (San Ambrosio). Que esta Persona-Dios lo ama, lo busca y ha dado la vida por él. Que este Dios hecho hombre es su Salvador (2 Cor. 5,17).

Todo empieza a tomar otro color, otro gusto, la fe empieza abrir los ojos del corazón, se vive lleno de esperanza en Dios y la travesía del amor al prójimo empieza a ser una realidad muy concreta (Lc. 19, 1-10).

En un segundo momento, podríamos ver que el hombre ha descubierto el tesoro de su corazón, pero se da cuenta a su vez, que el alma está apegada a cosas inertes, sucias, corruptas, que le quitan la paz, la alegría y le alejan del Señor. Entonces se dice a sí mismo como el apóstol: ¡¡No hago el bien que quiero y sino el mal que no quiero!!(Rom. 7, 19-25).

Esta es la instancia del examen de conciencia diario, del paso a paso, el momento donde más conscientes nos hacemos de lo limitados e imperfectos que somos, tiempo de ver cuanto dolor provocamos a los que amamos, y de tantas cosas que nos gritan o denuncian, que somos incapaces de seguir adelante, de ser mejor o de llegar a una santidad. Aquí la tentación es fuerte y a veces desanima mucho (Lc. 22, 54-62).

Pero la prueba y el crisol son para nosotros la gran posibilidad de elegir al Señor (Eclo. 2, 1-2). De buscarle hasta volver a ver sus ojos, de no abandonarse en el pesimismo de la tibieza. De dar pasos a ciegas, confiando en que estirando los brazos encontraremos las manos del Señor; y que nos daremos cuenta porque sentiremos en nuestras manos temblorosas, sus manos perforadas por amor a cada uno de nosotros. Esas manos benditas que tomaran nuestro rostro y nos lo levantara para que podamos ver sus ojos. Que mientras nos acaricia nos dirá “¿quién te condena?”(Jn 8, 4-10), manos estas, que no nos permitirán hundirnos aun cuando dudemos y temamos porque van a “sostenernos”(Mt 14, 28-33), esas preciosas manos que nos invitaran a seguir adelante y nos darán la absolución, liberándonos del pecado que hubiese en el corazón y de sus consecuencias (Mc. 2, 1-12). Este camino de caer y de levantarse, de ver cada vez más las oscuridades de nuestra alma que se alumbran con la luz de la gracia de Dios para entregárselas a Él; “este es el camino de la conversión”.

Así es el Sendero que fue recorrido por todos aquellos que llamamos santos. Así como ellos debemos sortear, contagiando el ánimo a los demás de saber que el Señor viene con nosotros, acompañándonos, asistiéndonos y guiando nuestra metanoia. Él es quien levanta nuestras miradas al inicio y nos ayuda a sostenerlas en alto. Pues es Dios quien nos ama tanto que se involucra en nuestros asuntos diarios, y desea hacernos santos en esas realidades cotidianas y que allí demos los frutos cristianos.

El trabajo, la familia, el club, los amigos, etc.; no son ámbitos en las que debo obviar mi fe. Son justamente los espacios para dar batalla con el amor de Dios. Es donde no solo se debe ver que creemos en Dios, sino más bien que le creemos a Él; y por ello vivimos así.

Un cristiano convencido de esto se destaca como una antorcha en la oscuridad, se nota su convicción no tanto en lo que dice, sino más bien en su modo de vivir y encarnar las palabras de su Señor. Esta transformación que lleva muchas veces años, solo se culmina cuando el Señor nos llame a vivir a su casa. Solo allí habremos vendido todo por El, sabiendo que nos hemos desprendido de las cosas perecederas para vivir eternamente a su lado. (Mt 13, 44-46)

Seguir al Señor convencidos, no es fruto de un esfuerzo psicológico, sino una certeza única y viva, que nace de la experiencia de fe que tenemos en el encuentro personal con el Señor. Y este hecho es tan fuerte, que tanto la conciencia como toda la persona de cada uno lo guarda y registra de tal manera que es el tesoro del hombre en todo el proceso de conversión. Ella es el timón que dirige su navegación segura. Esta marca que el Espíritu Santo hace de modo ardiente, es fuego que impulsa el corazón a las llamas del amor de Dios, para que así, como el oro, se purifique.

Si tu hermano, estas en esta instancia ¡¡sigue acercándote al Señor!!! y déjate encender por su amor. Así serás verdaderamente libre. Podrás dejar los rencores, la violencia, sanar tus heridas, cambiar el mal carácter, el miedo, el pesimismo de la tibieza, los vicios, la pereza, la impureza y tantas cosas que encadenan tu persona, tu familia y tu vida.- ¡La paz este en sus corazones!

Franco Leotta – Responsable de Jóvenes - Evangelización Dosmil Argentina

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