Monseñor Castagna

Sembrar la Palabra. La parábola del sembrador logra tipificar el estado en que se encuentran los hombres. La semilla es la Palabra de Dios que tiene como destino toda persona en situación de andar su propio camino en la historia común. El corazón es como un terreno apto o no apto para que la Palabra encuentre un eco colmado de frutos. La ineptitud generalizada, para recibir la semilla de la Palabra, adquiere distintos matices. El mundo distrae de lo fundamental o "de lo único necesario". Es alarmante la variedad de elementos que alejan o distraen de lo esencial, convirtiendo al ser humano en un enajenado. Se encuentra justificación para todo y, en virtud de una extraña valoración, se pone todo el tiempo en un peligroso juego de intereses de baja calidad. Basta examinar en qué invierte su tiempo el hombre contemporáneo. Sigue vigente la experiencia positiva y negativa de la familia de Betania. Jesús no titubea en señalar cuál es la "mejor parte". La Palabra de Dios, como semilla, necesita el corazón bien dispuesto de Maria y no la abrumadora multiplicidad de tareas que enajena a Marta: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola cosa es necesaria, Maria eligió la mejor parte, que no le será quitada". (Lucas 10, 41-42) 


2.- Lo necesario y lo que no lo es. Existe una manifiesta propensión al deslumbramiento causado por las cosas innecesarias. El consumismo aparece como una sub cultura, capaz de seducir a los más fuertes e independientes. No puede seducir a los humildes de corazón, que se constituyen en la tierra preparada para la siembra y el florecimiento de la semilla. ¡Cuánta piedra, espinas y abrojos albergan muchos corazones; cuántos senderos pisoteados por extraños y numerosos caminantes! Allí la semilla no puede fructificar: es quemada por el sol, ahogada por las malezas o comida por los pájaros. La tierra fértil es humilde, se deja remover y humedecer. Sin ser genios, podemos comprobar la coherencia que existe entre la "ingenua" parábola y la realidad. En privado, el Maestro explicita el sentido de la parábola que, al simple avizor, debiera aparecer obvio. No quiere dejar claros en las mentes de quienes deben transmitir esta verdad a todos los pueblos. Hablamos de sub cultura al señalar modernos términos, admitidos y popularizados sin sustento en el alma y sensibilidad del pueblo.

3.- La Cultura y las culturas. Con sólo observar los espectáculos, llamados "culturales", no cabe duda de que la auténtica cultura está ausente en la mayoría de sus expresiones. El Evangelio, como semilla que se esparce generosamente, debe enfrentar la tarea previa de purificar la tierra, prepararla y lograr que la Palabra encuentre las condiciones ideales para su desarrollo. La preparación mencionada no es ajena a la gracia de la misma evangelización. Hace más de cincuenta años se la llamó acomodaticiamente "pre evangelización". Todo cultivo de los valores, universalmente reconocidos, constituye la efectiva preparación de los corazones para recibir la semilla del Evangelio. Aquí incluyo a tantos abnegados docentes, periodistas, servidores de la salud, de la justicia y de la acción política orientada al bien común. Toda persona honesta, y en la medida de su honestidad, es un terreno propicio para que la Palabra rinda el ciento por uno de su escondida virtud. Me refiero a todo el potencial de vida que le ha sido concedido por el Creador. La incapacidad para lograr la perfección proviene del pecado. Mientras no sea vencido, la vida de los mejores encontrará trabas ineludibles en el camino hacia la perfección anhelada. Cristo ha vencido el pecado. Quienes lo aceptan en sus vidas, destraban el camino a la perfección, y participan de su victoria sobre el pecado y la muerte.

4.- Los signos de la muerte. La presencia viva de Cristo asegura que el pecado sea vencido y la muerte, su inevitable consecuencia, ponga fin a su hegemónica influencia. Aún parecen predominar los signos de la muerte, desde el desprecio a la vida de los niños por nacer, la delincuencia que agrede y asesina a indefensos ciudadanos, hasta las diversas formas de mutilación y la eutanasia. Toda acción violenta es signo de muerte, toda manifestación de odio, hasta los mínimos pensamientos de agresión y envidia, también lo es. Hay mucho mal en el mundo, pero, el bien es más poderoso que el mal. Cristo es todo el Bien encarnado, el Cordero de Dios "que quita el pecado del mundo", que lo elimina en cada uno de quienes lo siguen e inician la nueva historia que les ofrece. El mal que ha causado - y aùn causa - una mortal herida, ha covertido al hombre en una víctima tirada al borde del camino. Dios se ha apiadado y, en Cristo, se detiene en el camino para curarlo y reconducirlo a la salud perdida. Desde esa perspectiva de misericordia debe ser comprendida la Redención.

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