Recordando al Padre José Frydryk

Como una manera de recordar a quien fuera un GRAN MAESTRO y también nuestro asesor entre 1989 y 1994, compartimos con uds. estas notas.

Era mediados del año 1981, cuando un sacerdote de la Ciudad de La Banda invitaba a reuniones de formación que se realizarían en el Seminario de Santiago del Estero.

Fueron varias semanas que culminaron con una experiencia diferente para las celebraciones propias de nuestra Iglesia y por cierto con la Eucaristía. El saldo fueron muchísimas personas que se abrían a un proceso de conversión  con un gran compromiso con la comunidad.

Había llegado la hora de la renovación de nuestra Iglesia y Dios usaba como instrumento al Padre José Frydryk.

De origen polaco, había crecido en el interior del Chaco. Se formó en la Congregación de los Misioneros de La Salette recorriendo Estados Unidos, Roma. Colombia, Francia. Fue destinado a Córdoba donde  en Corral de Palo fundó una parroquia y de allí a La Banda al Barrio de Quilmes , donde comienza su tarea pastoral.

Hombre de condición humilde, espíritu generoso, líder por naturaleza, supo llegar a las personas para convocarlas a una tarea comunitaria: INSTAURAR EL REINO DE DIOS EN LA TIERRA.
No expresaba simpatías ni palabras de cariño y complacencia. Era frontal y decía con sinceridad lo que sentía pero cada momento de estar con él, era un aprendizaje porque trasuntaba una presencia del Espíritu Santo al que fue dócil permanentemente y ese era su atractivo.

Vivía la libertad de la “Verdad”, del que tiene a Dios como centro y eje de su vida. Era el fruto de su vida de oración y de unión absoluta con Dios.

Como el verdadero Maestro, jamás hizo acepción de  personas y así pudo llegar a todos los ámbitos de la sociedad con el mensaje del amor de Dios, que fue recibido por todos aquellos que  quisieron escucharlo y por eso fue un instrumento valiosísimo en la tarea de  la Renovación Carismática, en todos los lugares donde desarrolló su ministerio.

Llegó con el consuelo y la esperanza del Dios de la Vida a cárceles, hospitales, asilos, grupos marginales, convertidos, pecadores,  y pudo así agregar  ovejas al rebaño de Dios.

Tuvo la visión de la Obra que Dios quería hacer en este pueblo y para ello trajo líderes, formadores, que dejaron su impronta espiritual en nuestra sociedad, identificada  con el mensaje que se proponía y que ha cambiado su compromiso con Cristo y su Iglesia.

Era generoso no solamente con el mensaje sino también con sus pertenencias materiales. Su plataforma de vida era la que nos muestra el Libro de los Hechos de los Apóstoles en el Cap. 2, 42, porque su estilo de vida era el Evangelio. Lo vivía desde lo público hasta lo más reservado; desde lo pastoral hasta lo personal; desde los momentos de dificultad hasta lo cotidiano.

Su misión en Santiago duró 7 años y luego de un corto paso de 2 años por Buenos Aires, llegó a Santa Fe, donde repitió toda la obra que Dios le confió formando también una gran comunidad.
Si bien hoy lloramos su despedida,  estamos seguros que el Señor lo llamó  para recompensar su obediencia, responsabilidad y fidelidad.

Fue un ejemplo a imitar y un GRANDE con todas las letras.

Que el Señor lo colme de amor y que desde allí pueda bendecirnos  a todos los que  tuvimos la gracia de conocerlo y de amarlo.

¡Señor para ti sea la Gloría, AMEN!

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