Monseñor Castagna

Sembrar la Palabra. La parábola del sembrador logra tipificar el estado en que se encuentran los hombres. La semilla es la Palabra de Dios que tiene como destino toda persona en situación de andar su propio camino en la historia común. El corazón es como un terreno apto o no apto para que la Palabra encuentre un eco colmado de frutos. La ineptitud generalizada, para recibir la semilla de la Palabra, adquiere distintos matices. El mundo distrae de lo fundamental o "de lo único necesario". Es alarmante la variedad de elementos que alejan o distraen de lo esencial, convirtiendo al ser humano en un enajenado. Se encuentra justificación para todo y, en virtud de una extraña valoración, se pone todo el tiempo en un peligroso juego de intereses de baja calidad. Basta examinar en qué invierte su tiempo el hombre contemporáneo. Sigue vigente la experiencia positiva y negativa de la familia de Betania. Jesús no titubea en señalar cuál es la "mejor parte". La Palabra de Dios, como semilla, necesita el corazón bien dispuesto de Maria y no la abrumadora multiplicidad de tareas que enajena a Marta: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola cosa es necesaria, Maria eligió la mejor parte, que no le será quitada". (Lucas 10, 41-42) 

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