Proclamar que Jesús resucitó

Esta es la noche más luminosa de la historia humana, cuando la Iglesia se reúne para proclamar que Jesús resucitó. Este anuncio ilumina y cambia toda la historia humana. Exultante de gozo pascual, la Iglesia mira la cruz del Salvador y su sepulcro vacío y los encuentra luminosos. En esa nueva luz que proyecta Cristo Resucitado, comprendemos que no hay pascua sin cruz, como no hay vida sin muerte. San Pablo,  después de experimentar él mismo la potencia de esa luz en el camino de Damasco y su encuentro con Cristo resucitado (cf. Hch 9, 3), escribió así a los cristianos de Roma: Fuimos sepultados con Cristo en la muerte, para que así como él fue resucitado de entre los muertos, así también nosotros andemos una vida nueva (cf. Rom 6, 4).

La Pascua es, sobre todo, fiesta de la vida nueva en Cristo. La Pascua de Jesús nos muestra otro mundo, un mundo que comienza justo en el límite donde todo parecía imposible; un mundo que nos abre los ojos y el corazón a la vida nueva que recibimos por el bautismo. El que vive en Cristo tiene una nueva manera de ver la realidad: ve todo con los ojos de Dios. Este modo de ver nos hace conocer mejor la realidad, porque la vemos como la ve Cristo. San Pablo lo atestigua diciendo: “Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 17, 19-20).

La persona que se encuentra con Jesús resucitado cambia su modo de pensar, de sentir y sobre todo de actuar. A partir de ese encuentro, empieza a ver la realidad de un mundo nuevo. Porque lo más real y verdadero es el encuentro con Jesús, que nos abre a una vida que nace del perdón, de la misericordia y la reconciliación. En esa nueva realidad, iluminada por el Resucitado, predomina el encuentro, la confianza y el diálogo; promueve el respeto sagrado por cada ser humano; busca siempre la acción solidaria; suscita la confianza, la tolerancia, y la amistad social; y, sobre todo, aviva la esperanza y acrecienta la visión trascendente de la vida. A la luz de la resurrección de Jesús, la vida humana se revela única y cada persona tiene un valor infinito.

Por otra parte, la potente luz del Resucitado, hace retroceder las tinieblas y establece la definitiva victoria sobre el mal y la muerte. “Él nos libró del poder de las tinieblas y nos hizo entrar en el Reino de su Hijo muy querido” (Col 1, 13), nos asegura san Pablo. Cuanto más conocemos la herencia luminosa de la que participamos los creyentes (cf. Col 1, 12), tanto más confiamos en el poder que nos comunica el Resucitado. De esta manera, los discípulos y discípulas de Jesús se fortalecen para la difícil misión que les espera en el mundo de hoy.

Estamos viviendo este período previo a las elecciones con la tensión normal que genera una legítima competencia entre candidatos. Esta situación nos ofrece una oportunidad excepcional, para que los protagonistas de la contienda se esfuercen por ser maestros virtuosos de los valores ciudadanos; pero si por humana debilidad no lograran ser virtuosos, esperamos que al menos sean razonables. La sana razón nos hace pensar que mentirle a la gente, es atropellar su dignidad. Esto se puede tornar más grave cuando ese engaño ofende a los más humildes y a los que no pueden defenderse, arremetiendo contra ellos con presiones, prebendas y amenazas. La luz de la razón nos advierte que esa práctica es deplorable; que provoca un grave daño moral en las personas; y que, además, esa mala conducta socava las bases democráticas de la convivencia social. La claridad de la Pascua nos hace ver que sólo en la verdad y en el respeto por la dignidad de todo ser humano es posible construir una convivencia familiar, social y política, con esperanzas de paz y prosperidad para todos.

Los cristianos, que experimentamos la alegría del encuentro con Jesús Resucitado, tenemos una responsabilidad enorme en esta tarea. El Santo Padre Benedicto XVI, dirigiéndose a los obispos que estuvimos recientemente con él, nos hizo notar que en  la Argentina sentimos la urgencia de llevar a cabo una extensa e incisiva acción evangelizadora que, teniendo en cuenta los valores cristianos que han configurado la historia y la cultura de nuestro País, lleve a un renacimiento espiritual y moral de nuestra comunidades, y de toda la sociedad. Y más adelante, recordó que el anuncio del Evangelio concierne a todos en la Iglesia; también a los fieles laicos, y exhortó a los obispos a procurar que los seglares sean cada vez más conscientes de su vocación, asegurando que se podrán esperar muchos beneficios también para la sociedad civil, del resurgir de un laicado maduro que busque la santidad en sus quehaceres temporales.

Ese renacimiento espiritual lo vemos en los primeros testigos de la Resurrección: ellos experimentaron una profunda transformación interior ante la presencia viva de Jesús y del sepulcro vacío. No era una ocurrencia de mujeres desconsoladas y mal organizadas que fueron al sepulcro para embalsamar a Jesús, sin prever quién les iría a quitar la enorme piedra que clausuraba la entrada. Fue la potente experiencia de una comunidad que fue testigo de Jesucristo vivo, que los estaba llamando para continuar la misión de anunciar el evangelio de la esperanza a los pobres y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. También nosotros sentimos la potente luz de Cristo Resucitado, y nos sentimos interpelados por él a la misión. Queremos ser discípulos y misioneros de Jesús, con María de Itatí, junto a la Cruz.

¡Bendito seas Señor por los misioneros y misioneras de ayer y de hoy que te anuncian Resucitado! Que ese anuncio nos colme de alegría y de esperanza; y que ese gozo se desborde en fervorosa misión y responsable compromiso de cada bautizado. Invoco a María de Itatí, tiernísima Madre de Dios y de los hombres y le encomiendo a nuestro pueblo y a sus gobernantes; le suplico que nos dé la fuerza del Resucitado para transitar con dignidad y fortaleza el tiempo actual y vivirlo con esperanza y en paz.

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