La palabra de la Iglesia debe ser profética
1.- Pagar las deudas.  ¿Qué significa: “estén preparados porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada” (Lucas 12, 40)?  Dios no se entretiene asustando a la gente. El miedo viene de una conciencia sucia. No nos engañemos, es preciso pagar todas las deudas y soportar la revelación de los comportamientos ocultos que atentaron contra la verdad y la justicia.  Llegará el momento en que todo saltará a la vista de todos: lo bueno y lo malo. El mínimo gesto personal será recompensado o inexorablemente sancionado.
Jesús viene a prevenirnos. No utiliza para ello recursos extraordinarios; su sola presencia, en sus enviados, es el acceso seguro para obtener su profética palabra. Es oportuno escucharla y dejarse interpelar por ella hasta que duela. Los cristianos, con mucha frecuencia, se identifican con los criterios y comportamientos de la sociedad que integran. No siempre la ideología que predomina en su cultura está de acuerdo con la fe católica que profesan.  La pérdida del sentido del pecado causa una coexistencia pacífica y mentirosa entre esa cultura y la exhibición pública de la religión católica. En consecuencia la Iglesia reclama coherencia a quienes se dicen “católicos” - un porcentaje muy alto de la población – impartiéndoles una enseñanza integral y exigente. El combate encarnizado contra los principios esenciales de la doctrina católica ha cobrado una inexplicable publicidad.
 
2.-   Expulsar la intriga y la mentira.  Con la excusa falaz de que las enseñanzas tradicionales de la Iglesia constituyen opiniones controvertibles de sus Pastores, muchos - que se dicen “católicos, apostólicos y romanos - se oponen a ellas y se declaran eximidos de su obligatoriedad. Nada más engañoso y de trágicas consecuencias para la honestidad de las personas y de las comunidades. Siempre es el momento - lo es de manera más urgente ahora - de expulsar definitivamente de nuestras vidas la intriga y la mentira. No me refiero a las que cometen otros con nosotros, sino a las que guardamos en simuladores prolijos y que rigen hasta nuestros más recónditos pensamientos. Jesús insiste en la transparencia y la verdad. El fariseísmo - que estigmatiza el Señor con gran severidad – constituye un estado de hipocresía que todo lo distorsiona y enferma. El fariseísmo - contemporáneo de Jesús - es históricamente reeditado en otras circunstancias  y revela la misma causa: la anidación del pecado en el corazón del hombre. Cristo viene no únicamente a denunciarlo sino a eliminarlo. El fariseo arrepentido se convierte en el humilde publicano justificado. Todos tenemos algo de ese fariseísmo y luchamos, con la ayuda de Dios, por arribar a la conversión y a la santidad.
 
3.-   Ejercicio de las virtudes cristianas.  Es urgente que el Evangelio mantenga audible la Palabra de Dios y ofrezca hoy la oportunidad de vencer el mal con el bien y de lograr que nuevos y numerosos convertidos se comporten cristianamente. El Papa Benedicto XVI está dirigiendo a todos los cristianos, y a quienes aún no lo son, frecuentes mensajes en la misma dirección. Desde hace muchos años la Iglesia enfoca su actividad evangelizadora hacia una coherente vivencia de la fe en el mundo. Es la intención manifiesta de Cristo, durante su vida misionera, especialmente cuando imparte las últimas recomendaciones a sus discípulos, antes de la Ascensión. Comportarse como cristianos conlleva un ejercicio indisimulable de las virtudes cristianas. Incluye el conocimiento de la doctrina (Catecismo de la Iglesia Católica) y su valiente exposición en las circunstancias más adversas. Se requiere que Jesús, en su encuentro con cada uno de nosotros, infunda su Espíritu. Sin la llegada del Espíritu los primeros discípulos hubieran fracasado lastimosamente. Los escándalos generados en cristianos confesos - hasta especialmente consagrados - indican la ausencia del Espíritu de Pentecostés. No someterse al Santo Espíritu es rechazar a Cristo que lo otorga. Es oportuno examinarse y comprobar hasta qué extremo es rechazado Cristo por muchos auto-denominados cristianos.
 
4.-  Auténtico profetismo.  Sin duda la palabra de la Iglesia debe ser profética. En la profecía no está exclusivamente la denuncia, está el anuncio y el llamado implícito o explícito a la conversión. Cada uno pone, en ese término, su propio énfasis. Algunos recordarán a Juan Bautista - una faceta de la personalidad de Jesús - otros a San Francisco de Sales - la otra faceta del “manso y humilde” Cordero; - ambas tienen algo en común absolutamente imprescindible. Me refiero al AMOR que, en la pluma de San Pablo: “es paciente, es servicial; no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” (1 Cor. 13, 4-7)  Encarnar la palabra apostólica trae aparejados muchos inconvenientes. Mucha gente, en virtud de una fe que deviene ideología, juzga, condena, hiere sin piedad, discrimina y divide. El estilo evangélico es otro. Inspira lo que enseña Pablo y la integralidad de lo que vive su Maestro divino. Los genuinos testigos de ese estilo son los santos, tan diversos y tan semejantes; tan ricos, hasta en sus límites temperamentales. Los auténticos profetas molestan a quienes viven obnubilados por sus propias y consentidas tinieblas. La conversión - o cambio verdadero - a que los profetas convocan incluye el doloroso renunciamiento al egoísmo y a la mezquindad. Jesús prevé la confusión que amaga por aparecer hasta en quienes los vínculos de la sangre y de la connacionalidad debieran mantener unidos: “Les he dicho esto para que no se escandalicen. Serán echados de las sinagogas, más aún, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios. Y los tratarán así porque no han conocido ni al Padre ni a mí.” (Juan 16, 1-3)

 

5.-  Las alocuciones.  Hay mucho que decir en una alocución elaborada desde el Evangelio. Quedará mucho que decir y ofrecerá la posibilidad de personales conclusiones mientras se respete el trazo evangélico de su origen. Aseguro que todo esto va surgiendo de un corazón que cree, espera y ama. Ruego al Señor que sea recibido con la misma honestidad, sencillez y transparencia.

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