La gracia alienta el esfuerzo de los evangelizadores

1.-   El poder de la pobreza.  El evangelizador no confía en sus posibilidades, ni en el acopio de suministros para el camino y para la tarea. Su confianza está puesta en la gracia de la Palabra que debe transmitir. Son las directivas que Jesús imparte a quienes envía de dos en dos como colaboradores en  su servicio evangelizador. ','A veces se desoyen sus recomendaciones y quienes son responsables de la transmisión de su Evangelio experimentan una profunda debilidad en su gestión. Las Ordenes mendicantes del siglo XII, en sus geniales fundadores: Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís,  recuperaron el espíritu y estilo del envío de Jesús. Totalmente confiados en el poder sobrenatural del Evangelio se atrevieron a desafiar todos los peligros y a presentarse ente los poderes de la tierra: “¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado…” (Lucas 10, 3-4).

Una Iglesia pobre y despojada de bienes económicos es una Iglesia poderosa. Dicen que el célebre agnóstico Voltaire recordaba, a quienes se proponían despojar de todos los bienes a la Iglesia - como ocurrió durante la Revolución francesa - “¡Teman a los Obispos que deban escribir sus pastorales sobre pobres mesas de pino!”. La confianza en la gracia de la Palabra posibilita el encuentro con Dios, que en Cristo aparece pobre y anonadado, y en consecuencia produce la fe y la conversión. La aparición de los santos coincide con los momentos de mayor depresión económica y de ausencia de poder temporal y político en las comunidades cristianas.


2.-  Dar lugar a la verdad.
  No responde al desesperado intento por imaginar una instancia trascendente que resuelva los problemas humanamente insolubles. Es dar lugar a la verdad; es producir transparencia para que Dios pueda ocupar su necesario lugar en la historia de las personas y de los pueblos. Lo entendieron los grandes misioneros de épocas tan distantes; lo lograron los solícitos santos pastores del Pueblo de Dios. Lo que fue válido entonces también lo es hoy. Las directivas misioneras de Jesús siguen vigentes y responden a las elementales exigencias de la evangelización. La actualidad no corrige la esencia de la labor apostólica de la Iglesia; puede poner al día su lenguaje aprovechando los adelantos técnicos, jamás reemplazarla. La evangelización escapa a los estereotipos agotados en la historia de los pueblos. Su perennidad depende del Espíritu de Pentecostés que alcanza su concreción en las vidas de los cristianos ejemplares: los santos. El Siervo de Dios Juan Pablo II no cesaba de reiterarlo en su extenso Magisterio. Los fracasos gustados amargamente  por la humanidad en el transcurso de varios milenios inspiran una saludable desilusión. ¡No volvamos a lo mismo! Que la mala experiencia desaliente su repetición. Para ello es preciso regresar a la primitiva inspiración, anunciada por los profetas y confirmada por Cristo, en quien todo profetismo obtiene su perfección. ¿No es conveniente retomar sus directivas misioneras y ponerlas en práctica?

3.-  La protagónica acción del Espíritu.
  Se puede hablar siempre de válida tradición ya que el contenido y la metodología adoptados por Jesús y sus primeros discípulos mantienen su irreemplazable actualidad. Hoy como ayer la fe se transmite. Lo hacen quienes creen de verdad. El suscitador de la fe es el Espíritu que anima a la Iglesia a partir de Pentecostés. Lo logra mediante el testimonio de quienes creen y regulan su comportamiento íntimo y en sociedad conforme a lo que creen. No existe otro sendero que la protagónica acción del Espíritu Santo. Esa Iglesia pobre y servicial debe renovarse constantemente en el Espíritu de Pentecostés. Es el secreto de su fecundidad evangelizadora. No lo logrará si se dedica, exclusivamente, a adquirir poder político, bienes económicos o prestigio social. No es el proceder de su Señor: inmolado en la Cruz, desechado y desheredado  por los poderosos de este mundo. El acceso a la Vida está en el sendero estrecho e invadido de malezas y piedras. Lo importante es elegirlo una y otra vez hasta que desemboque en el espacio reservado por Dios a quienes lo aman. La fe despliega la visión de la realidad que Dios construye con los hombres. Ante ella lo ficticio desaparece, la epidermis - a la que estamos acostumbrados - da lugar a la verdad interior, a toda la Verdad.  

4.-  Llamado a la conciencia.  Jesucristo, en el ropaje opaco de la fe, se da a conocer y se ofrece como Verdad. No abre otra alternativa que la fe o, en su lugar, el propósito honesto de responder a los reclamos de la conciencia, debidamente preservada de la mentira y de la corrupción. La misión de la Iglesia trasciende el espectáculo de su institucionalidad y de su sagrada Liturgia. Se torna llamado a la conciencia del mundo. Para ello tendrá que entablar un diálogo con la sociedad y sus culturas en el que pueda formular, con fidelidad, la Verdad que su Divino Fundador le ha revelado. No podrá traicionar, en el disimulo y en la entrega, la transparencia de la Verdad que ha recibido, no para guardarla sino para ofrecerla a toda persona de buena voluntad. Sufrirá la incomprensión y la despiadada crítica del relativismo reinante. Se lo puede comprobar no echando una mirada demasiado inquisidora sobre lo que se exhibe públicamente. Salta a la vista la intención destructiva de los alineados en inconfundibles posiciones ideológicas. Basta hojear algunos periódicos de tiraje nacional. ¡Cómo se distorsionan los hechos y se malversan los contenidos aparentemente inobjetables! ¡Cómo se miente! Sin duda la verdad reflota cuando el elemento que la mantiene sumergida se disipa. A veces dura siglos en los contenidos culturales que se transmiten de generación en generación. En algunos casos habrá que esperar la recolección final, cuando la mentira y la intriga reciban la sentencia del Justo Juez.

5.-   El poder de la gracia.
  La gracia alienta el esfuerzo de los evangelizadores, humanamente débiles, y recupera en ellos el entusiasmo de Pentecostés.  La persecución y las peores contradicciones no acobardan a quienes confían en el Señor. No es la soberbia la que hace fuertes a quienes han sido injustamente agredidos. La fortaleza no es  un producto del odio y de la revancha. Es la virtud que se ejerce y desarrolla en la mansedumbre y el perdón. Jesucristo es su perfecto modelo.  ¡Qué difícil entenderlo en un clima social recargado de recriminaciones contra responsables - o presuntos responsables - de comportamientos que han causado gravísimos sufrimientos en la comunidad! Jesús ofrece el perdón, incluso a quienes lo rechazan, y ora al Padre por quienes son los autores de su injusta crucifixión.

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