El Evangelio debe ser presentado íntegramente

1.- Se escandalizan de Jesús. Existe un alimento que no preserva de la muerte y otro que sí. Lenguaje misterioso, capaz de provocar escándalo en el frágil auditorio que comparte la vecindad del Maestro.

No pueden entender que el hombre joven que ha crecido - entre parientes y vecinos - se atreva a utilizar una tal calificación de su persona: “Los judíos murmuraban de él, porque había dicho: “Yo soy el pan bajado del cielo”. Y decían: “¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre”. (Juan 6, 41-42) La Encarnación, decidida misteriosamente por Dios, presenta ese lado riesgoso para el pensamiento mezquino de aquellos atónitos oyentes. Dios - para establecer una relación real con los hombres - hace que su Unigénito se haga hombre. “Nacido de una mujer” afirma San Pablo. Sería incomprensible y penoso que no conociéramos la estirpe de la que tomó su auténtica naturaleza humana. Como entonces, también hoy, quienes escuchan sus palabras y observan sus gestos, ceden a la desconfianza y ponen en duda la procedencia divina de su enseñanza. Por mediación de su Iglesia, y la garantía que el Espíritu Santo ofrece al mundo con su presencia activa, Cristo actualiza constantemente aquel lenguaje que escandaliza a quienes no tienen fe.

2.- El Evangelio íntegro. Es imperioso preparar la llegada del Evangelio. Vale decir: predisponer los espíritus para que la palabra suscite la fe y, de esa manera, haga comprensible el contenido del mensaje de Jesús. No obstante, es inevitable que se produzca ese tipo de escándalo. Lo observamos en los debates públicos. ¡Qué indisposición se manifiesta en los gestos y en los argumentos que pretenden abonar, contra toda razón, una posición tomada e intelectualmente prejuiciada! De todas maneras el Evangelio debe ser presentado íntegramente, sin dejar en la penumbra su verdadero lenguaje. Jesús ve más allá y recuerda que sus propuestas serán objeto de adhesiones y rechazos. Esa perspectiva no lo atemoriza. El mismo texto del Evangelista San Juan, unos párrafos más abajo, aporta pruebas concluyentes de su valerosa actitud. Me refiero al anuncio misterioso y difícil de la Eucaristía: “el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Juan, 6, 51) Un buen grupo de sus seguidores deciden abandonar su compañía. La razón aducida es teóricamente comprensible: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. (ídem. 6, 60) Les faltó fe. Pedro, que no comprende intelectualmente más que quienes se fueron, afirma, y con él sus coapóstoles: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. (Ídem. 6, 68-69) Aquella situación se repite hoy. Ante el recuerdo de la palabra evangélica, y sus consecuencias, muchos - de una manera o de otra - deciden renegar de la enseñanza y afirman, a veces agresivamente, no saber cómo acompañarla.

3.- Tiempo de fe. Este es el tiempo de la fe. Es urgente abrir todos los veneros de la gracia para que la fe retome su lugar en los corazones de quienes mantienen una formal adhesión al cristianismo o catolicismo. Es deshonesto pasar la religión al recinto de los residuos descartables; es inconciliable el Evangelio con la perspectiva expuesta por un mundo inspirado en la cultura de la muerte o de la nada existencial. No se producirá un acuerdo mientras Cristo no sea respetado como Maestro y - el Evangelio - como llamado a la obediencia de la fe. Nadie está obligado pero es infantil desplazar a priori la palabra de Cristo por su contenido cuestionador y exigente. La Iglesia - que la pronuncia para sus contemporáneos - se constituye en un elemento molesto y destinado “ex profeso” a ser excluido del pensamiento y del comportamiento ético de la sociedad. La confianza incondicional en la gracia de Dios asegura el éxito real de la empresa evangelizadora. El bien del hombre es la prioridad que Dios se propone y nos propone. No es cualquier “bien”, menos el considerado tal desde la distorsión ideológica y moral que afecta a cierto sector del mundo contemporáneo. Jesucristo nos revela - en su mismo comportamiento humano - cuál es el bien del hombre y cómo debe hacer para conseguirlo. Su identificación como Camino, Verdad y Vida, ofrece lo que el mundo busca angustiosamente para recomponerse como Creación de Dios.

4.- La fe es un encuentro con Cristo. De allí se deduce la necesidad de conocerlo - por sus auténticos testigos los Apóstoles - y de empeñar todo el esfuerzo y entusiasmo para causar un verdadero encuentro con Él. El más grave freno a la evangelización de la Iglesia es reducir el Evangelio a una lectura ideologizada, sea de izquierda o de derecha. No es éste el tiempo de los lectores que suelen estereotipar el mensaje evangélico sino de los santos que lo viven hasta el heroísmo. ¡He aquí los auténticos evangelizadores! Sus vidas y sus muertes se convierten - a veces - en objeto de “lecturas” desconectadas del espíritu que los alentaron y asistieron. Es importante que no nos roben a los santos y a los mártires. Que su generosa oblación de amor por los hermanos, especialmente por los más pobres, no flamee en mástiles inapropiados ni genere - distorsionándola - estímulos para la mutua condena y el odio. Para rectificar adecuadamente esas contradictorias e impropias lecturas se requiere la vivencia ardiente de la fe. Los santos de verdad, mártires o no, son los auténticos “lectores” o intérpretes del Evangelio y de las expresiones genuinas del pueblo humilde. Hace diez días recordábamos a un gran Pastor de la Iglesia que por vivir radicalmente el Evangelio derramó su sangre. Me refiero a Mons. Angelelli, ejemplar Obispo de la Rioja, a quien tuve el honor de conocer siendo yo un simple presbítero. ¡Qué oportuno es escuchar su mensaje evangélico con el Espíritu que animó su vida y su muerte!

5.- Creo en la Iglesia Católica. A la Iglesia no se la puede entender sino desde la fe, tanto en sus valores como en sus debilidades. Por ello cuando se la pretende observar con mediciones ajenas a la fe se la manipula torpe e injustamente. Es lo que ocurre hoy, tanto desde afuera y como desde adentro. Quienes creemos en ella - “Creo en la Iglesia Católica” - experimentamos una justificada molestia al presenciar mediáticos debates en pro de leyes que contradicen su doctrina. Los conceptos expuestos, hasta por católicos confesos, desbordan los límites tolerables de la ignorancia catequística. ¡Qué responsabilidad la de quienes deben impartirla al pueblo! La acción pastoral debe revertir esa deplorable situación.

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