Iluminar el Camino y Curar las Heridas

1.- Un mundo parlanchín y mudo. Nos encontramos en un mundo de sordomudos. No obstante está convencido de que lo sabe todo y todo lo puede realizar como si él fuera su propio creador. Cristo sigue viniendo para recuperarlo para las auténticas relaciones: con el Padre Dios y entre sus habitantes.

Este mundo parlanchín es mudo; no se entiende a sí mismo ni se hace entender. Basta asomarse a los deslumbrantes medios de comunicación para advertir el grado inmedible de incomunicación que pesa sobre la sociedad contemporánea. Existen esfuerzos grandes por arribar a elementales entendimientos. Pero, como junto a la torre de Babel, se recae en la confusión de las lenguas y en su consecuente dispersión social. Se requiere volver a la simplicidad original, que no contradice el avance de la ciencia y de la técnica. Si el protagonista de los grandes adelantos readquiere un corazón de niño todo lo que ha logrado - y podrá lograr en lo sucesivo - encontrará el sendero del bien común. Es inocultable el daño que se provoca con la manipulación irresponsable de las grandes conquistas científicas y técnicas. Poner al servicio del hombre, lo que el genio y la habilidad de los científicos consiguen, está incluido en el precepto evangélico del amor. Si no se ajustan al espíritu de ese principal precepto producirán un mal irreparable.

2.- El lado oculto de la ciencia. Salta a la vista el daño causado por la ausencia de ese evangélico espíritu. La proliferación de armas sofisticadas, cada día más destructivas, es también producto de la ciencia y de la técnica, pero, cruelmente reñido con el bien de la humanidad. Los estragos causados por la guerra y el terrorismo emergen como signos alarmantes de una inminente disolución universal. Lejos de mí ser “apocalíptico” pero, ciertamente, la visión estremecedora del Apóstol San Juan se viene asomando en el horizonte contemporáneo. La gracia renovadora del Espíritu de Pentecostés ha sido otorgada por Dios para que tanta destrucción sea neutralizada. La Iglesia, de manera explícita y sacramental, y también el mundo, lo están recibiendo desde hace dos mil años. Es preciso recurrir a Él y ofrecer el corazón abierto para que pueda renovarlo y capacitarlo para la vivencia universal del precepto del amor. La ciencia y la política deben armonizarse para que el anhelado bien de todos se produzca. Un bien del que nadie sea excluido. La inclusión debe comprender a los sectores y pueblos más pobres y en via de desarrollo. Para ello se necesitará que los grandes o “príncipes de este mundo” se inclinen humildemente hacia los más pequeños y desamparados para eliminar las injustas diferencias y acercar las estructuras sociales y políticas a la construcción de una auténtica comunidad humana y fraterna. No es éste un ideal ilusorio. Dios no sueña, simplemente diseña con sinigual sabiduría la convivencia de sus hijos: todos los hombres.

3.- El espacio de la Verdad. La verdad, sobre la que se edifica sólidamente ese diseño de Dios, no es invento de los hombres. Cristo la ha revelado en su propio comportamiento histórico y en su Magisterio. La Iglesia, mediante su servicio evangelizador y el testimonio de la santidad de sus hijos, la hace presente en las diversas épocas y circunstancias de la historia. Basta que su espacio sea reconocido en la vida contemporánea para que inicie su benéfica acción. En temas puntuales advertimos una manifiesta beligerancia por parte de quienes no admiten una sana confrontación con lo opuesto a sus personales proyectos. ¿Qué se busca? ¿La identificación de la verdad o la imposición de las propias pautas ideológicas? Es tan manifiesta la intención de contrariar el honesto aporte doctrinal de la Iglesia que sobra cualquier especulación. No está fuera de lo previsto por Jesús el ensañamiento manifestado en ciertas campañas contrarias a los contenidos básicos de la doctrina evangélica. No sorprende, ni llega a desmoralizar la goleada en contra de la fe que protagonizan algunos autocalificados “cristianos”. He leído una reciente encuesta, de cuya veracidad no puedo dudar, en la que aparecen increíbles contradicciones. Pasar de una religiosidad heredada y formal a la fe vivida - en el compromiso cotidiano - incluye un salto cualitativo impresionante.

4.- Una visión desalentadora de la vida. No hay que perder el ánimo en la lucha pacífica - pero eficaz - por intentar pasar al comportamiento diario la palabra de Jesús. Se requerirá una particular fortaleza, expresada en la paciencia y en la perseverancia. Los Apóstoles insistían - en su predicación - en la práctica de estas virtudes. Cuando la vida no es encarada como don de Dios, y no se la vive como respuesta, decae e inspira un estado de profundo desencanto. La tristeza, que marca sombriamente los rostros de muchos hombres y mujeres de nuestra sociedad, responde a esa equivocada visión de la vida. La ausencia de Dios, por ateísmo teórico o práctico, da lugar a la tristeza del alma y vacía de sentido los momentos más importantes de la existencia. Decía Tertuliano que el “alma humana es naturalmente cristiana (o creyente)”. Se deduce que la ausencia de Dios contraría la naturaleza humana. Ayudarnos a ser creyentes es ofrecernos disipar las incógnitas más angustiantes: la vida y su origen, la muerte y la trascendencia, el amor y su perdurabilidad… DIOS. ¿Cómo no va a interesar a los seres pensantes resolver esas cuestiones de fondo? San Pablo exhortaba a sus discípulos obispos a proclamar el Evangelio “a tiempo y a destiempo”. Todos los seres humanos conservan el derecho de que se les ofrezca la verdad evangélica. Aceptarla o no es de su exclusiva responsabilidad. ¿Por qué algunas personas no conceden al Evangelio predicado por la Iglesia - al menos - la misma oportunidad que dan a las noticias y a las opiniones de quienes se expresan con sospechosa libertad?

5.- El ropaje incómodo de la predicación. Me han dicho que algunos hermanos míos están molestos por la severidad de mis reflexiones pastorales. Ya he dicho en recientes alocuciones que no tengo la pretensión de que todo el mundo se adhiera mansamente a lo que digo, y a cómo lo digo. En esto no puedo correr mejor suerte que la de mi Maestro y Señor. Pero, ¡qué importante y crucial es escuchar la palabra de Dios aunque su lenguaje irrite la piel y cuestione duramente el comportamiento adoptado! Mañana, si hacemos el esfuerzo hoy, nos quedaremos con la Verdad y olvidaremos el ropaje incómodo con el que fue ofrecida. Me fatiga formular dulces reflexiones que no llaman a la conversión. El Evangelio es la Palabra de Dios dirigida al mundo, para resolver las cuestiones más desgarrantes de la vida de los individuos y de las comunidades. Nuestra misión pastoral está orientada a iluminar el verdadero camino y a curar las innumerables heridas que las personas se infligen consciente o inconscientemente.

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