testimonio de santidad

“Tu eres el Cristo” ¡Qué difícil es entender la misión de Jesús sin comprender su Cruz! Pedro, de manera rápida y espontánea, identifica a Jesús: “Tú eres el Cristo”. Pero no entiende el horizonte de los sufrimientos y de la cruz.

La expresa orden de guardar silencio sobre su identidad mesiánica responde a que no será entendido como Cristo si no se lo entiende como “siervo sufriente”. La Cruz es el camino misteriosamente obligado que conduce a la Vida. El mundo - buscador de placeres - no lo entenderá como entonces no lo entendió Pedro. Comprendemos al Apóstol esforzándose por disuadir al Señor de los dolores y muerte que les anunciaba. Jesús aprovecha la ocasión para desplegar el realismo de la Redención: “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar a los tres días”. (Marcos 8, 31) Finalmente sobreviene la Vida o el verdadero triunfo sobre la muerte. El concepto de muerte va mucho más allá de lo natural o biológico para referirse al pecado como causa. Por su muerte de Cruz, Cristo hace posible la destrucción definitiva de su causa; Él mismo la vence para todos y constituye a la muerte biológica - la suya y la de todos - en acceso necesario a la Vida eterna.

Evadidos de la vida. La cruz de cada día, entendida como seguimiento de Jesús, es consecuencia inmediata de pensar la vida corriente como respuesta a su Dador. Quienes rechazan hacerse cargo de las tribulaciones exigidas por la fidelidad al Don de la vida, se evaden peligrosamente de la misma vida. Los síntomas de esa inútil evasión se expresan en la drogadicción, en el alcoholismo, en la frivolidad. Cuando el ambiente social está sobrecargado de esas “evasiones” se pone de manifiesto que permanece activa la causa de las mismas. Me refiero al mal de muerte que es el pecado. La historia - que estamos transitando - es el campo de batalla en el que la gracia de Cristo combate contra el pecado. Finalmente quedará vencido en quienes han abierto sus corazones a la acción de Cristo Salvador. Mientras tanto la lucha es dura, violenta, en condiciones desfavorables para la práctica de las virtudes cristianas, como lo venimos comprobando a diario. En mi reflexión de la semana anterior desplegué la perspectiva del reflote de la Verdad, que la humanidad necesita, aunque esté ocasionalmente confundida con pobres sustitutos del momento. Para no despistarnos de la Verdad será preciso buscarla donde está y contemplarla humildemente. Cristo es la Verdad y la inspira siempre en quienes no han tomado una actitud de irreflexivo y prejuiciado rechazo. No hay justificativos para la cerrazón a un encuentro con Ella. Será tarea de la acción evangelizadora de la Iglesia preparar el camino y predisponer a la sociedad. De ese modo no se producirán equívocos y se recuperará la facultad de distinguir con claridad dónde está y dónde no está la Verdad.

Cristo y los falsos profetas. Jesús anuncia que “aparecerán falsos profetas” y enseñarán el error como verdad. Estamos acostumbrados a esas apariciones mentirosas y, con frecuencia, quedamos entreverados en su espesa y enmarañada red. El único Maestro absolutamente confiable es Cristo. Él se identifica como el Maestro y, al mismo tiempo, como formulación de la Verdad que enseña. Ciertamente es éste un lenguaje para creyentes. La fe, don de Dios ofrecido indistintamente a todos, abre el camino a la comprensión y adopción de esa Verdad. En el allanamiento del camino común están dedicadas las personas honestas de todos los credos y concepciones filosóficas, aunque no sean creyentes. El esfuerzo común por mejorar las condiciones de vida, por eliminar la injusticia y por promover la solidaridad, empareja el sendero hacia la Verdad. Cuando ésta llegue, y marque el espacio para el encuentro, se logrará la unidad y serán consolidadas las virtudes cívicas que deseamos. Se hará paso entre contradicciones y emergerá de las aguas agitadas. Dios - en Cristo - se ha hecho presente en este mundo y se hace cargo de él. La Verdad está como anidada en el corazón del mundo para ser proclamada y descubierta. El Evangelio es su proclamación. Por ello no puede ser ocultado a nadie, especialmente a sus tradicionales objetores: los modernos fariseos y escribas. Cuando las personas se encuentran con él, y no esconden sus vidas a sus exigencias, se produce un cambio - inalcanzable de otro modo - que necesariamente interesa a la construcción de la sociedad.

Aceptación o rechazo. El Evangelio, y la exposición de su doctrina por parte de la Iglesia, no intenta desplazar a nadie, simplemente ocupa su espacio. Es la propuesta de Dios y su llamado insistente a todos. Portadora del plan o proyecto de Dios, adopta el estilo fuerte y sereno del Maestro divino para que todos tengan la oportunidad de escucharla e identificarla. Como es un reclamo al ejercicio auténtico de la libertad se produce, como es lógico, la aceptación íntegra o el rechazo. El enfrentamiento, bastante común, responde a sus radicales exigencias de cambio, tanto en el pensamiento como en la conducta moral o ética. No debe sorprendernos que el “rechazo” del Evangelio eche mano a intolerantes ataques contra la Iglesia y contra quienes la representen, tanto Pastores como consagrados y laicos. Mis expresiones no se refieren únicamente a Corrientes, también tienen en cuenta el ámbito nacional e internacional. La injusticia y malas artes de algunas agresiones duelen pero no extrañan. Es saludable recorrer los relatos de la Pasión de Cristo de los cuatro evangelistas. No hubo un ser más maltratado que Jesús. Su enseñanza se vuelve existencial y especialmente elocuente cuando adquiere el lenguaje de la santidad de su vida. Lo he repetido en muchas ocasiones, recordando los términos sentenciosos del Siervo de Dios Juan Pablo II: “El mundo espera de los cristianos el testimonio de la santidad”. (2001)

Testigos más que apologetas. Recuerdo siempre la confesión agria de un taxista: “A ustedes (sacerdotes) yo no los quiero, pero, ¿sabe por qué llevo colgado en la luneta interior de mi coche un rosario? porque la mujer que me lo obsequió era una buena persona - y agregó un comentario muy ofensivo e injusto (¿o en ocasiones verdadero?): “era más buena que ustedes”. El testimonio de la santidad es irrefutable. Los discursos pueden ser hasta dialécticamente irrebatibles, pero, si no van acreditados por una vida ejemplar - la santidad - de nada sirven. Impresionante conclusión, harto probada en el transcurso de la historia. Hace muchos años, el recordado Papa Pío XII afirmaba: “Estos tiempos necesitan más testigos que apologetas”. Debemos ser testigos de la fe para nuestro tiempo. Se logra mediante una vida santa (o auténticamente coherente). .

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