Llamados a ser tierra fértil y sembradores

Dios es el sembrador, (Lc. 8:5-15), y nosotros somos la tierra que recibe la siembra. Pero también estamos llamados a ser sembradores, como hijos de Dios debemos parecernos a nuestro Padre, como nos dice su Palabra, que el discípulo debe ser como su maestro, (Lc. 6:40). Estamos llamados a ser perfectos, como lo es Dios, nuestro Padre: “Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.”, (Mt. 5:48).


Si como cristianos no somos también sembradores, significa que la Palabra, que fue sembrada en nosotros, no cayó en tierra fértil, el demonio la arrebató y no llegó a dar frutos.  ¡La siembra en nosotros fracasó!

Este fracaso con frecuencia se constata en la catequesis parroquial, después de mucho esfuerzo y siembra durante dos, cuatro o más años, el niño toma la primera comunión o se confirma y desaparece – la semilla cayó entre espinas, al borde del camino o sobre piedras – no ha dado frutos.

Los padres están llamados por Dios a ser los primeros catequistas, los evangelizadores de sus hijos, y la catequesis parroquial deberia ser sólo el complemento de la formación cristiana que el niño recibe y vive en su casa. Lamentablemente los padres no siempre siembran la Palabra de Dios en los corazones de sus hijos. Al contrario, sucede que en lugar de colaborar con la catequesis, que se ocupa de sus hijos, obstaculizan la formación de los mismos, no acompañando la siembra que se hace en la Parroquia: no participan de la Divina Liturgia, no concurren a las reuniones de padres, no ayudan a sus hijos hacer las tareas en sus casas, no se preocupan si los hijos faltan a catequesis, no se comprometen en la Parroquia, no dan testimonio de fe, se ofenden cuando se les llama la atención y se rebelan cuando se aplica el reglamento interno – la Parroquia debe sembrar en los corazones de muchos niños huérfanos, con padres vivos – Estos padres no han dado fruto, porque la semilla sembrada en ellos, no cayó en tierra fértil, sino en la tierra árida de la indiferencia.

Con frecuencia los padres se lamentan por el mal camino que han tomado sus hijos, pero no reconocen que no han colaborado con la catequesis de sus hijos, no han evangelizado; se olvidan que no han sembrado o han sembrado mal; no le han transmitido la fe ni valores cristianos, ni le han dado buen ejemplo de compromiso con la Iglesia  y de amor a Dios.

Todos los bautizados estamos llamados a ser tierra fértil y también sembradores. No significa que debemos ser cosechadores. La cosecha de la siembra que hemos realizado en los demás no depende de nosotros, sino del suelo que la recibe y de la lluvia (colaboración con la gracia de Dios).  La cosecha puede ser abundante, poca o nula, pero es responsabilidad de la persona que recibió la semilla. Dios, en el día del juicio, no nos preguntará cuánto hemos cosechado, sino cuánto hemos sembrado.

A nivel personal, somos responsables de lo que fue sembrado en nosotros y cosecharemos lo que hemos sembrado, según su especie. Si hemos sembrado porotos, no podemos pretender cosechar frutillas. Sin lugar a dudas, si hemos sembrado odio, maldad, discordias, confusión, indiferencia hacia Dios y la Iglesia, no podemos pretender cosechar amor y bendiciones. San Pablo nos enseña: “Sepan que el que siembra mezquinamente, tendrá una cosecha muy pobre; en cambio, el que siembra con generosidad, cosechará abundantemente.”, (2cor. 9:6-7). En la vida, tarde o temprano, cosecharemos lo que hemos sembrado, como nos dice el profeta Oseas: “Porque siembran vientos, recogerán tempestades.”, (Os. 8:7).

He conocido a una abuela, que en su juventud, trató con desprecio y malicia a su suegra, quién pasó muchos años postrada. La suegra suplicaba a gritos un poco de agua y que le ayuden a darse vuelta en la cama, porque su espalda estaba llena de llagas, pero la nuera la ignoraba. En su vejez, a ésta nuera malvada, también le tocó estar postrada, sola y abandonada – consciente de su cosecha, decía: “estoy pagando lo que le hice a mi suegra”.  Éste caso es una excepción, porque por lo general el ser humano no quiere reconocer que está cosechando lo que ha sembrado.

Seamos tierra fértil y buenos sembradores de la Palabra de Dios y Él nos recompensará con una cosecha abundante.

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