viñador

El evangelista Mateo nos relata la parábola de Jesús sobre el dueño de una tierra, quien plantó una viña, la cercó, colocó una torre de vigilancia, la alquiló a unos viñadores y se fue al extranjero. Pero los viñadores se negaban a entregarle al dueño la parte de los frutos que le correspondían, (Mt. 221:33-43).

El dueño es Dios; la tierra es el mundo y todo lo que en él existe; la viña es la Iglesia plantada en el mundo y los viñadores somos nosotros, a quienes Dios dejó su Iglesia y de nosotros espera los frutos correspondientes.

Espera que extendamos y agrandemos su viña, la Iglesia, mejorándola, cuidándola, evangelizando.

Dios no quiere que sólo comamos de la viña, sin ocuparnos de ella. Es decir Dios no quiere que sólo usemos la Iglesia, cuando la necesitamos para bautismos, matrimonios, reconciliación, funerales, bendiciones, sino que nos pide que demos fruto trabajando en la viña.

Los miembros de la Iglesia, todos los bautizados, se preocupan mucho por tener una casa digna, un auto, muebles, confort, un buen pasar en general, que es un bien necesario mientras no se convierte en algo más importante que Dios y su viña.

Pero sucede que a la mayoría de los bautizados no les importa la viña del Señor, como les importa su propio bienestar. No les importa que haya tanta gente que no conoce a Cristo. No se preocupan que la viña del Señor esté descuidada, sin podar, llena de malezas, marchita, sin abonar, etc.

Si los viñadores aportaran, así como lo pide el Señor en Malaquías 3: 7-12, el 10 % de sus esfuerzos, empeños, dones, bienes, tiempo y talentos; el Señor estaría contento con nuestros frutos.

Sin embargo la realidad es muy distinta, unos pocos trabajan con seriedad en la viña del Señor, mientras la gran mayoría de los viñadores, sólo come sus frutos, permaneciendo indiferentes y pasivos con respecto a su cuidado.

Si tomamos la Iglesia en el ámbito local, las parroquias, allí salta a la vista esta realidad. En nuestro templo sucedió una vez un caso llamativo. Vino una señora muy bien vestida, pasó un dedo por el banco y dijo: “¿será posible que nadie limpia esto?” Ella tendría que haber dicho: “no estoy limpiando el templo del Señor”. ¿Porqué alguien tiene que limpiar el templo para esta señora? ¿Porqué ella no viene a limpiarlo? ¿O considera a los demás viñadores sus empleados?

La mayoría de los fieles vienen al templo esperando que el mismo esté limpio, bien cuidado, ¿pero quién debe hacer esta tarea si ellos son indiferentes? En el templo deben estar las luces encendidas y todas; los ventiladores deben estar encendidos, sino protestan, abanican los libros hasta destruirlos, pero ¿quién paga por la luz? El sacerdote debe estar celebrando y a horario, debe ser breve y no hablar del pecado porque ofende la sensibilidad de los pecadores, pero ¿y quién mantiene al sacerdote?
Son todas preguntas, que los viñadores indiferentes o pasivos, que no dan los debidos frutos al dueño de la viña, deberían formularse.

La realidad de la Iglesia, de la viña y los viñadores, se parece a la simpática historia de: TODOS, ALGUNO, CUALQUIERA Y NADIE. Había que hacer un trabajo, responsabilizarse de una acción y se lo encomendó a TODOS. Pero TODOS estaban seguros que ALGUNO lo haría, pero NADIE lo hizo. TODOS pensaban que CUALQUIERA pudo haberlo hecho. Al final TODOS acusaron a ALGUNO, porque NADIE hizo lo que CUALQUIERA podría haberlo hecho.

Muchos viñadores, sin darse por aludidos, alzando el dedo condenatorio, preguntan despectivamente: ¿porqué la Iglesia no se ocupa más de los pobres, no hace esto y esto? Y la respuesta es sencilla: porque usted no lo hace, porque usted no es un buen viñador, no da los frutos que espera de usted el Señor. Cuando un dedo de la mano señala al prójimo, tres dedos señalan a uno mismo, (haga la prueba).

Dios es paciente, bueno y misericordioso, pero todo tiene un límite. Sobre los viñadores malvados e indiferentes, pende una amenaza: "Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo, (...) Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.".(Mt. 21:41y 43).

Dios espera frutos de nosotros y esta exigencia y eventual castigo, reflota en el episodio de la actitud de Jesús, ante la higuera estéril: “A la mañana temprano, mientras regresaba a la ciudad, tuvo hambre. Al ver una higuera cerca del camino, se acercó a ella, pero no encontró más que hojas. Entonces le dijo: "Nunca volverás a dar fruto". Y la higuera se secó de inmediato.”, (Mt. 21:19).

Y nosotros, ¿somos buenos viñadores? ¿Damos los frutos que espera el Señor? ¿O somos como los viñadores malvados o la higuera estéril, muchas hojas, mucho bla, bla, pero sin frutos agradables al Señor?

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