Jesús y la samaritana

En el evangelio de Juan leemos sobre la llegada de Jesús al pozo de Jacob. ¿Qué realmente buscaba Jesús en ese lugar? ¿Saciar su sed con el agua del pozo solamente?, No el verdadero motivo era buscar a la mujer samaritana, (Jn. 4:5-42).

¿Porque? Porque esta mujer, sin saberlo, estaba perdida viviendo en pecado, en adulterio.

¡Dios nos ama tanto!, cada uno de nosotros es tan precioso y valioso para Dios, que Él mismo sale a buscarnos cuando nos perdemos. ¡Dios, el creador de todo, sale a buscar a la criatura, al hombre! Esto es una novedad, porque en todas las religiones paganas, era el hombre quien buscaba a dios.

El hombre, cada uno de nosotros, con frecuencia nos perdemos en la vida, también nos ocultamos de Dios, y Dios nos busca. En el Génesis lo podemos constatar: “Al oír la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín, a la hora en que sopla la brisa, se ocultaron de él, entre los árboles del jardín. Pero el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: "¿Dónde estás?".” Dios pregunta por nosotros, ¿Dónde está? ¿Por qué no vino?, ¿Por qué dejó de rezar, de comulgar, de confesarse?

En la Biblia tenemos tres maravillosas parábolas que describen con qué intensidad Dios nos busca: Oveja perdida, (Lc. 15: 4-7); Dracma perdida, (Lc 15: 8-10); Hijo Prodigo, (Lc. 15:11-32). Jesús mismo nos explica el porqué de su venida a la tierra, de su encarnación: “Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido", (Lc. 19:10).

Quién de nosotros no necesita ser encontrado por Dios, por haberse perdido en la vida, como la oveja que se extravió en las montañas. Quizás perdidos y tan heridos que ya no podemos regresar solos. Necesitamos que Jesús nos cargue en sus hombros. Hemos cometido errores y no sabemos como salir. Hemos usado mal nuestra libertad; hemos sido engañados por Satanás, como Eva por la serpiente y estamos sufriendo las graves consecuencias. Necesitamos ser buscados y encontrados por Dios.

A veces nos escondemos de Dios, porque nos parece que es demasiado exigente, cruel o castigador. Exige la conversión y nosotros no estamos dispuestos abandonar el pecado o la situación de pecado. No queremos que Dios nos encuentre, sane, salve, nos cargue en sus hombros.

Tenemos que desear ser encontrados por Dios, como la mujer samaritana. Debemos pedirle: búscame Señor, encuéntrame, hazme regresar a tu Iglesia, a la gracia.

Nos ayudaría a ello, meditar cómo Dios encontró a la mujer samaritana, a Zaqueo, a la prostituta, a San Pablo, ¿y a nosotros, cuando nos encontrará?

Hay tantas áreas escondidas en nuestra vida que necesitan ser encontradas por Dios. Podemos orar invitando a Jesús a encontrarnos en las áreas que nunca ha ingresado: “Ven Jesús, encuéntrame en mi vicio, en mi problema de carácter, en mi falta de fe, en mi problema familiar, en mis sentimientos, sexualidad, en mis enamoramientos, en mis heridas, conflictos, etc”. Cada uno conoce las áreas de su vida en las que aún no ha sido encontrado. Puede decir a Jesús, búscame en tal y tal situación. ¡Feliz el hombre que se ha dejado encontrar por Dios!

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