Seguimiento discipular de Jesucristo

En esta reflexión continuada concluiremos con la última condición sugerida en este seguimiento discipular de Jesucristo, el Señor: la necesidad de amar para Evangelizar: “Finalmente, no podremos entender este discipulado en misión, esta dimensión misionera o esta misión discipular en nuestra Iglesia diocesana,  si no vemos al mundo y al hombre, varón y mujer concretos de hoy, con cierto optimismo, positivamente, si no tratamos de ver que también la semilla del Verbo está en nuestra realidad. Si no tenemos esta actitud, de amor y diálogo, no podremos captar los códigos desde los cuales tendremos que evangelizar. Tendremos que tener esta actitud de salir, un salir misionero, permitiéndonos “ir”, e “ir a todos”, a los más lejanos  y a los que están más excluidos. Así cumplimos con el mandato del Señor: “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28,19-20).

Creo también, que hay que decir, que no tendremos que dogmatizar aquello que no es dogma y, lamentablemente a veces lo hacemos con nuestras respuestas pastorales o prioridades. Tenemos que sincerarnos en esta realidad, ya que cuando absolutizamos nuestro parecer, corremos el riesgo de cerrar las puertas al Espíritu.

Y termino con esta primera parte simplemente subrayando que los otros tres temas que vamos a tratar: laicos, jóvenes y familia, no los podremos discernir ni dar respuestas pastorales si no es desde este seguimiento, desde esta misión discipular, que siempre implicará ser testigos  pascuales de Jesucristo”

Estas reflexiones catequísticas que venimos realizando sobre el discipulado tienen necesariamente una dimensión misionera. No sería un auténtico discipulado cristiano, si la misión no es un componente y consecuencia necesaria del seguimiento de Jesucristo, de los bautizados. En relación a esta dimensión misionera el próximo domingo 12 de octubre celebraremos “la Jornada mundial de las Misiones”. Como es habitual el Papa nos envía un mensaje para nuestra reflexión sobre dicha jornada. Creo oportuno incorporar algunos textos del Papa Benedicto que nos permitirán seguir profundizando en nuestra reflexión continuada sobre la misión discipular, o bien “el discipulado misionero”.

El Papa en su mensaje nos dice que la humanidad necesita liberación y señala: “El panorama internacional, por una parte, presenta perspectivas prometedoras de desarrollo económico y social; y, por otra, ofrece a nuestra atención algunas fuertes preocupaciones por lo que se refiere al futuro mismo del hombre. En no pocos casos, la violencia marca las relaciones entre las personas y entre los pueblos; la pobreza oprime a millones de habitantes; las discriminaciones e incluso las persecuciones por motivos raciales, culturales y religiosos obligan a muchas personas a huir de sus países para buscar refugio y protección en otros lugares; cuando el progreso tecnológico no tiene como fin la dignidad y el bien del hombre, ni está ordenado a un desarrollo solidario, pierde su fuerza de factor de esperanza, y corre el peligro de acentuar los desequilibrios y las injusticias ya existentes. Existe, además, una amenaza constante por lo que se refiere a la relación hombre-ambiente, debido al uso indiscriminado de los recursos, con repercusiones también sobre la salud física y mental del ser humano. El futuro del hombre corre peligro debido a los atentados contra su vida, atentados que asumen varias formas y modos.

Ante este escenario, \"agitados entre la esperanza y la angustia, nos atormenta la inquietud\" (Gaudium et spes, 4), y nos preguntamos preocupados: ¿qué será de la humanidad y de la creación? ¿Hay esperanza para el futuro? San Pablo había comprendido muy bien que sólo en Cristo la humanidad puede encontrar redención y esperanza. Por ello, sentía apremiante y urgente la misión de \"anunciar la promesa de la vida en Cristo Jesús\" (2 Tm 1, 1), \"nuestra esperanza\" (1 Tm, 1, 1), para que todas las gentes pudieran compartir la misma herencia, siendo partícipes de la promesa por medio del Evangelio (cf. Ef 3, 6). Era consciente de que la humanidad, privada de Cristo, está \"sin esperanza y sin Dios en el mundo\" (Ef 2, 12); \"sin esperanza, por estar sin Dios\" (cf. Spe salvi, 3). Efectivamente, \"quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2, 12)\" (ib., 27).

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