Discípulos y Misioneros

Como reflexionaba el domingo anterior sobre el tema de la V Conferencia General del episcopado latinoamericano y del Caribe, que trata sobre el ser Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan Vida. Considerando que también el discipulado, en cuanto la necesidad de formación de los cristianos y “la misión”, buscando nuevas estrategias para la evangelización , también son parte de la temática de nuestro Sínodo. Durante algunos domingos tomaré un tema que es clave para ser “discípulos y misioneros”: “la espiritualidad de los catequistas y de la catequesis”, como parte indispensables de los desafíos pastorales que deberemos asumir en los próximos años.

Cuando hablamos sobre cómo debe ser un catequista, decimos que es aquel que ayuda a madurar la fe del catecúmeno o del cristiano. En realidad casi todos tenemos que ser discípulos, y por lo tanto también catecúmenos durante toda nuestra vida y cada papá y mamá están llamados a ser los primeros catequistas de sus hijos. Por eso creo que de alguna manera todos los cristianos estamos involucrados en este tema de la catequesis. Antes creíamos que la catequesis era solo para los niños y ligada a algún sacramento. Hoy sabemos que es parte de un itinerario permanente en la vida de todo cristiano.

En este domingo quiero que podamos encontrar en la misma Palabra de Dios el fundamento del ministerio o servicio del catequista o bien de todos los cristianos que tienen que ser “testigos de la fe” en la transmisión y la enseñanza. Desde ya que la catequesis es una parte indispensable de la tarea evangelizadora de la Iglesia. Después del primer encuentro con el anuncio de Cristo (Kerigma), se hace necesario, una profundización desde las enseñanzas de la Buena Noticia. Así la catequesis forma parte del mandato de Jesucristo a evangelizar: “Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, “enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado”. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28,18-20).

Por supuesto que en toda la Palabra de Dios y sobre todo en los Evangelios y las Cartas encontramos profundos y vitales contenidos catequísticos; podemos recordar como Lucas lo expresa en el inicio de su Evangelio: “Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron trasmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lc. 1,1-4). Lucas relata la comunicación y transmisión de los testigos y servidores de la Palabra, para conocer la solidez de las enseñanzas. Estamos hablando del “caracú” del ministerio del catequista y de todo cristiano que quiere ser “discípulo y misionero”.

Lucas también en los hechos nos relata cómo la comunidad se va formando: “(Bernabé) Entonces partió hacia Tarso en busca de Saulo y cuando lo encontró, lo llevó a Antioquia. Ambos vivieron todo un año en esa Iglesia y enseñaron a mucha gente. Y fue en Antioquia, donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de “cristianos” (Hch. 11,25-26). En muchos textos podemos encontrar a nuestros antecesores en la catequesis, excelentes discípulos y misioneros, como Felipe explicando las Escrituras: “El Espíritu dijo a Felipe: “Acércate y camina junto a su carro”. Felipe se acercó y, al oír que leía al profeta Isaías, le preguntó: “¿Comprendes lo que estás leyendo? Él respondió: “¿Cómo lo voy a entender, si nadie me lo explica?”. Entonces le pidió a Felipe que subiera y se sentara junto a él. Entonces Felipe tomó la Palabra y, comenzando por el texto de la Escritura, le anunció la Buena Noticia de Jesús. Siguiendo el camino, llegaron a un lugar donde había agua y el etíope dijo: “Aquí hay agua, ¿qué me impide ser bautizado? Y ordenó que detuvieran el carro; ambos descendieron hasta el agua, y Felipe lo bautizó”. He aquí a Felipe como un catequista prebautismal y el etíope como un catecúmeno que reclama el derecho de la catequesis y reconoce que su propia  interpretación de las enseñanzas no es suficiente, sino que necesita de la Iglesia, representada por el catequista Felipe para poder interpretar las Escrituras. Es bueno que cuando leamos la Palabra de Dios, a veces lo hagamos en clave catequística, o bien como discípulos y como cristianos, para que comprendamos mejor el fundamento de nuestra misión.

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