Vocación Cristiana

Los textos de la Palabra de Dios de este domingo nos sitúan ante un tema central en la vida de cada cristiano que es la vocación. Vocación significa llamado, llamado de Dios. Es importante considerar que todos los bautizados tenemos una vocación y misión. Lamentablemente nuestro tiempo caracterizado sobre todo por el secularismo nos deja sumergidos en lo inmediato, o bien en una existencia sin sentido, donde desconocemos que todos tenemos una vocación y un proyecto de Dios y por lo tanto una misión.

En el Evangelio de San Lucas (5,1-11), que leemos este domingo, nos presenta la vocación de los primeros discípulos. En realidad el diálogo vocacional se da sobre todo con Simón Pedro. Es interesante como el texto subraya que Pedro se siente un pecador ante el llamado: “Al verlo Simón-Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: “Aléjate de mí Señor, que yo soy un pecador”, pero Jesús lo anima diciéndole: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”. También en la primera lectura que leemos este domingo el profeta Isaías nos habla de su llamado – vocación. Ante la presencia de Dios él se siente “un hombre de labios impuros”, pero termina respondiendo: “Heme aquí, envíame”.

Es cierto que cuando hablamos o rezamos por las vocaciones en general hacemos referencia a los llamados al sacerdocio o la vida consagrada, pero es importante recordar que todos los bautizados tenemos una vocación y que la mayoría del pueblo de Dios son los laicos que tienen una vocación y misión fundamental, que es la transformación de las realidades temporales, para que haya más valores evangélicos. En esta reflexión quiero subrayar la necesidad que tenemos todos de profundizar en cual es nuestra vocación. Nuestros ambientes lamentablemente no fomentan la plenificación de nuestras vidas, sobre todo la de nuestros jóvenes, desde la propia vocación y misión. El criterio casi habitual es “trabajar o estudiar en aquello que se pueda”, sin tener en cuenta las capacidades personales. Es triste encontrarse con profesionales o dirigentes sociales, políticos, docentes… que ejercen tareas, sin tener ninguna motivación profunda y menos una vocación que los mueva. Cuando pasa esto ellos mismos no terminan siendo felices con lo que hacen, y muchas veces su trabajo lo hacen mal o buscan solo réditos económicos o de poder y no sirven a los demás, buscando su solo beneficio. La vocación en general de toda persona, como imagen y semejanza de Dios nos permite ser colaboradores de Dios y constructores del mundo con nuestro trabajo y servicio. Con más razón la vocación específica que tenemos cada uno nos permite plenificarnos. Los cristianos entendemos que la vocación es un llamado de Dios y una misión. En definitiva es aquello que nos permite en el ser y el hacer servir al bien común. Hoy más que nunca necesitamos gente con vocación y la comprensión que cada vida tiene una razón de ser.

En esta reflexión quiero agradecer a Dios que algunos jóvenes de nuestra Diócesis sientan el llamado a la vida sacerdotal y consagrada, entregándose sin reservas personales a Dios, para servir a sus hermanos. También la vocación de algunos diáconos permanentes que serán ordenados durante el año, identificándose a Cristo Servidor. Sobre estos temas hablaremos más extensamente en una próxima reflexión, ya que el 17 de febrero será el ingreso de nuestros nuevos Seminaristas y tendremos la ordenación de tres diáconos permanentes después de la Pascua. Especialmente quiero agradecer la importancia que nuestros laicos, como mayoría del pueblo de Dios, vayan comprendiendo su vida como una vocación y una misión ordenadas a la transformación de las realidades temporales evangelizando nuestra cultura.

Como en el Evangelio de este domingo y el llamado de los primeros Apóstoles Pedro, Andrés, Santiago y Juan, sentimos el llamado de Dios y queremos animarnos a seguirlo cada uno desde nuestra propia vocación. No importa el lugar donde la desarrollemos, lo más importante es que todo lo que hagamos sea hecho con amor y con intensidad.

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