Ser consciente de que la Palabra de Dios está destinada a germinar, a crecer y a dar fruto en el alma de los hombres.
Por sí misma, la Palabra tiene toda la potencia de entrar en el corazón del hombre y convertirle. ¿Entonces dónde está el fallo? Una de dos: o en el que predica, que no lo sabe hacer, o en el campo –el alma- que recibe esa Palabra predicada. Que al menos no sea por nuestra culpa como predicadores sagrados. Si el corazón de los hombres se cierra como nos narra Cristo en la parábola del sembrador por culpa de las piedras, de las espinas, de la superficialidad (cf. Mateo 13: parábola del sembrador)…ahí está el desafío de un buen predicador: ayudar a que esas almas se abran a la Palabra. ¿Y qué recurso tiene además de la oración y el sacrificio? ¡La predicación bien preparada, incisiva, respetuosa, profunda, clara, motivadora y bien pronunciada!

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Ser consciente de que es Dios quien convierte a las almas, no nosotros.
Pero Él se sirve de nosotros como canales, altavoces, acueductos y ministros de su Palabra para iluminar las mentes, caldear los corazones y mover las voluntades para que amen a Dios y cumplan sus mandamientos.
Por eso, debemos estar bien preparados en este campo de la predicación de la Palabra.
Todos nuestros estudios humanísticos, filosóficos, teológicos, pedagógicos…tienen como término final nuestra predicación, sea escrita (libros, artículos…), sea oral (homilías, retiros, congresos, charlas…).
Estudiamos para estar mejor preparados a la hora de nuestra predicación sagrada, no por prurito de vanidad, sino porque esa Palabra de Dios merece ser tratada y anunciada con dignidad, claridad y unción.

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Ser consciente de que somos ministros de la Palabra desde el bautismo...
Por eso debemos leerla, meditarla, rumiarla durante toda nuestra vida. Debemos hacerla propia, revestirnos de esa Palabra, encarnarla en nuestra vida. Sólo así la transmitiremos fielmente, sin cortes, sin menguas, sin oscurecerla ni rebajarla.

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Una de las maneras más rápidas para meterse en dificultades es dedicarse a hacer el bien.
Pero los problemas se agravan al evangelizar porque quien evangeliza está haciendo el más grande de los bienes: Abrir los ojos al ciego, dar la perla preciosa al pobre, sembrar esperanza a los abatidos, transmitir el amor de Dios a los que se sienten solos.

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Evangelizar y dar testimonio están relacionados muy estrechamente. Los evangelizadores proclaman la Buena Noticia. Los testigos dan testimonio de esa Buena Noticia en el contexto de una experiencia personal. “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos... y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8) Jesús promete fortalecer a sus testigos exactamente con las mismas palabras (Mt. 10,19-20) He aquí algunas líneas que pueden servir de guía para dar un buen testimonio.

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Evangelizar, "proclamar la Buena Nueva a toda la creación" (Mc.16,15), es un mandato dado por Dios a todo cristiano y la razón de ser la Iglesia (Cf. E.N. 14). No obstante, al identificarse con esa palabra un católico puede dar la impresión - por lo menos a algunos - de que no sea católico.

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En algunas tiras cómicas, solemos ver a algún héroe olvidadizo salir por la puerta con tanta precipitación que sus pantalones quedan atrás. Es así como algunos salen a evangelizar, precipitadamente. olvidando el poder decisivo prometido por Cristo. Van a cumplir su cometido antes de ser "revestidos" del poder del Espíritu Santo.

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